Miró una vez más el interior de la casa vacía y suspiró. Era la primera vez que salía desde hacía dos meses. No estaba muy convencida, pero sus hijas le habían insistido tanto que no le quedó más remedio que aceptar. La mayor la esperaba en la puerta. La pequeña dentro del coche.
- Mamá, date prisa o no cogeremos sitio, - le apremió su primogénita.
- Ya voy cariño, estaba recordando, - la voz de su madre parecía cansada.
- Ya voy cariño, estaba recordando, - la voz de su madre parecía cansada.
Volvió a suspirar, cerró la puerta y se dio la vuelta. Miró a su hija y le dedicó una media sonrisa. La joven rodeó sus hombros con el brazo y se dirigieron al lugar en el que la otra chica tenía aparcado el coche.
- Venga, mamá, alegra esa, esto es bueno para ti, - le animó su hija pequeña desde el asiento del conductor.
Se montaron en el coche y pusieron rumbo al parque al que Rosario, que así se llamaba la mujer, solía llevar a sus hijas cuando eran pequeñas. Al llegar sus ojos se iluminaron. Era la primera vez que veía aquel paisaje desde hacía más de veinticinco años. La radiante luz del sol iluminaba los árboles, las flores - por cuyas hojas caían pequeñas gotas de rocío - el verde césped impecablemente cuidado. A lo lejos veía las mesas del merendero, donde familias con niños pequeños, parejas jóvenes, y otras no tan jóvenes, y algunos grupos de amigos habían decidido pasar aquella tarde de domingo. Al lado de aquellas mesas se veían algunos juegos para los más chiquitines de la casa: columpios, toboganes, casitas de madera... Unas lágrimas traviesas se escaparon de sus ojos, rodando por sus mejillas hasta morir en el cuello de su camisa recién planchada. Respiró hondo y, para sorpresa de sus hijas, reuniendo toda la fuerza que pudo, comenzó a correr alegremente por aquel campo. Las flores se movían con el viento alrededor de ella, parecía que bailasen. Los árboles la miraban fijamente y sus ramas hacían una forma similar a una sonrisa. Parecía que aquel campo podía sentir lo que pasaba por la cabeza de aquella mujer. "Sí", pensó ella, "él se ha ido". Más lágrimas empezaron a correr por su rostro. Pero, por primera vez, no eran lágrimas de tristeza. Se sentía feliz. Había tanta alegría en su corazón que pensó que le estallaría. Sí, después de casi treinta años, era, al fin, libre de nuevo.
