jueves, 5 de mayo de 2022

Amor


A veces, simplemente lo sabes. No puedes recordar en qué momento exacto ese escurridizo pensamiento llegó a tu cabeza o por qué no has podido sacarlo de ahí desde entonces, pero lo sabes. Lo miras y todo lo que creías que no era para ti pasa por delante de tus ojos: te imaginas una vida con él, compartiendo vuestro día a día; os ves juntos, con tu familia o con la suya, aunque ahora ambas sean una sola; y empiezas a creer que ese siempre que "resultó ser demasiado tiempo" para la protagonista de una de tus películas románticas favoritas, para ti se queda demasiado corto.

Y no es que no puedas vivir sin él, como se han empeñado en hacernos creer en un sinfín de películas, y canciones, y novelas, y poemas de amor. Sabes que sí puedes, por supuesto que puedes, pero no quieres. Porque él es amigo y es amante, es confidente, es hogar. Porque él siempre suma... Suma amor, suma risas, suma mimos, suma pasión, suma apoyo, suma un hombro donde llorar cuando el mundo se te viene encima... Pero es que, además, sabe cuándo restar: y resta enfados siempre que puede, aunque tú cabezonería a veces se lo ponga difícil; y resta lágrimas; y resta días grises; porque siempre intentará que seas, al menos, un poquito feliz. Pero lo mejor es que las cuentas siempre le salen, porque el resultado siempre es amarte una 'mijita' más cada día. "Más que ayer pero menos que mañana", como en el poema de la autora francesa Rosemonde Gérard.

- ¿Por qué me estás mirando cariño? - su voz te saca de tus pensamientos.

- Me gusta mirarte, ¿no puedo? - aciertas a contestar con tu cara de embobada.

- Sí, mi vida, pero me pones nervioso, - sonríe y tú le devuelves la sonrisa, aunque la tuya es un poco más picarona.

- ¿Todavía, amor? Pero si ya deberías estar acostumbrado, - te burlas un poco de él pero, a la vez, esperas su respuesta.

- Siempre.

Y te encanta. Y rodeas su cuello con tus brazos y lo besas. Y él te devuelve el beso. Un beso suave, húmedo, romántico pero sensual. Perfecto. Y el pensamiento vuelve. Es él. Lo sabes. Y su última respuesta resuena en tu cabeza: "Siempre". Y eso es lo que quieres, que siempre se ponga nervioso cuando lo miras. Que te elija siempre. Que se quede siempre. Que os améis siempre.  

domingo, 28 de abril de 2013

Libertad


   Miró una vez más el interior de la casa vacía y suspiró. Era la primera vez que salía desde hacía dos meses. No estaba muy convencida, pero sus hijas le habían insistido tanto que no le quedó más remedio que aceptar. La mayor la esperaba en la puerta. La pequeña dentro del coche. 
- Mamá, date prisa o no cogeremos sitio, - le apremió su primogénita.
- Ya voy cariño, estaba recordando, - la voz de su madre parecía cansada.
   Volvió a suspirar, cerró la puerta y se dio la vuelta. Miró a su hija y le dedicó una media sonrisa. La joven rodeó sus hombros con el brazo y se dirigieron al lugar en el que la otra chica tenía aparcado el coche.
- Venga, mamá, alegra esa, esto es bueno para ti, - le animó su hija pequeña desde el asiento del conductor. 
   Se montaron en el coche y pusieron rumbo al parque al que Rosario, que así se llamaba la mujer, solía llevar a sus hijas cuando eran pequeñas. Al llegar sus ojos se iluminaron. Era la primera vez que veía aquel paisaje desde hacía más de veinticinco años. La radiante luz del sol iluminaba los árboles, las flores - por cuyas hojas caían pequeñas gotas de rocío - el verde césped impecablemente cuidado. A lo lejos veía las mesas del merendero, donde familias con niños pequeños, parejas jóvenes, y otras no tan jóvenes, y algunos grupos de amigos habían decidido pasar aquella tarde de domingo. Al lado de aquellas mesas se veían algunos juegos para los más chiquitines de la casa: columpios, toboganes, casitas de madera... Unas lágrimas traviesas se escaparon de sus ojos, rodando por sus mejillas hasta morir en el cuello de su camisa recién planchada. Respiró hondo y, para sorpresa de sus hijas, reuniendo toda la fuerza que pudo, comenzó a correr alegremente por aquel campo. Las flores se movían con el viento alrededor de ella, parecía que bailasen. Los árboles la miraban fijamente y sus ramas hacían una forma similar a una sonrisa. Parecía que aquel campo podía sentir lo que pasaba por la cabeza de aquella mujer. "Sí", pensó ella, "él se ha ido". Más lágrimas empezaron a correr por su rostro. Pero, por primera vez, no eran lágrimas de tristeza. Se sentía feliz. Había tanta alegría en su corazón que pensó que le estallaría. Sí, después de casi treinta años, era, al fin, libre de nuevo.

jueves, 7 de abril de 2011

Reconciliación

Miró por la ventana de su habitación. Sus profundos ojos castaños se detuvieron en la imponente luna llena que se alzaba esa noche en el cielo oscuro. Una lágrima resbaló por su mejilla y se dejó morir en el escote de su camiseta nueva, recién estrenada. Ella la ignoró. Siguió mirando el astro con insistencia, como si esperara de él algún tipo de respuesta para las dudas que surgían de su interior.
Abrió los labios para decir algo, pero no pudo. Un cúmulo de palabras cargadas de dolor se arremolinaba en su garganta intentando escapar, pidiendo que las dejara salir y se desahogara. Pero los sentimientos contradictorios que paseaban desde su cabeza hasta lo más profundo de su corazón no la dejaban hablar. Más lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Su mano izquierda apretaba un anillo contra su pecho, mientras que la derecha se sujetaba al marco de la ventana desde la que observaba la luna.
Una sola pregunta se materializó en su mente: “¿Por qué?”. Era para ello para lo que necesitaba una respuesta. No conseguía entender lo que había pasado. Tenía que haber algo más, una explicación que ella pudiera comprender. Pero no la tenía. La solución se le escapaba de las manos como si fuera humo. Se aferró con más fuerza al marco de la ventana, con tanta que parecía que quisiera arrancarlo.
Entonces llamaron a la puerta de su habitación. Ella no dijo nada, solamente siguió mirando por la luna. Pudo escuchar la puerta abriéndose a sus espaldas, así como unos sigilosos pasos que se acercaban a ella. Pero no se volvió. No quería ver a nadie, aunque podía imaginar de quien se trataba. Una mano se poso sobre su hombro, intentando que ella se girara. Pero ella no hizo nada. Sintió como unos brazos fuertes y cariñosos le rodeaban la cintura. También como el cuerpo de él estaba pegado al suyo. Su cálido aliento sobre la nuca.
- Te quiero, - le susurró el al oído, - y lo siento mucho. Todo irá bien, te lo prometo, - concluyó, y sus brazos la aferraron con más fuerza.
Él escondió su cara en el hombro de ella. Ella no le dijo nada, pero no se zafó de su abrazo. Dejó que él permaneciera allí, junto a ella, durante unos minutos que parecieron una eternidad. Después se volvió y ambos se miraron a los ojos.
- Te quiero, - repitió él, - dame una oportunidad, perdóname por favor.
La cara de ella estaba llena de lágrimas. Pero miraba sus ojos y veía amor, así como que sus disculpas eran sinceras. Ella lo amaba con toda su alma, pero sabía que sería difícil. Aunque realmente seguía confusa, en aquel momento solo sabía que lo quería, que quería estar con él, sentir el calor de su cuerpo junto a ella y que todo volviera a ser como debía ser, perfecto.
- Yo también te quiero, - dijo ella mirándole a los ojos y agarrando su mano derecha.
El joven la abrazó fuertemente y ella lloró en su hombro sin poder contenerse. Él se resistía a soltarla, temía que se escapara y todo hubiera sido producto de su imaginación. Cuando finalmente lo hizo, le agarró el rostro con las manos y dirigió la mirada de ella hacia la suya. Entonces la besó, pero no un beso cualquiera. Un beso como si fuera la primera vez, como si acabaran de conocerse.
Y sobraron las palabras. La llevó hacia la cama y la sentó en ella. Y la volvió a besar una y otra vez. Sus manos le quitaron suavemente la camiseta y ella hizo lo propio con la del chico. Él la besó en los hombros y fue bajando hasta llegar a su ombligo. Y así estuvieron amándose durante horas y haciendo que todo fuera perfecto, como nunca debió dejar de ser.