jueves, 7 de abril de 2011

Reconciliación

Miró por la ventana de su habitación. Sus profundos ojos castaños se detuvieron en la imponente luna llena que se alzaba esa noche en el cielo oscuro. Una lágrima resbaló por su mejilla y se dejó morir en el escote de su camiseta nueva, recién estrenada. Ella la ignoró. Siguió mirando el astro con insistencia, como si esperara de él algún tipo de respuesta para las dudas que surgían de su interior.
Abrió los labios para decir algo, pero no pudo. Un cúmulo de palabras cargadas de dolor se arremolinaba en su garganta intentando escapar, pidiendo que las dejara salir y se desahogara. Pero los sentimientos contradictorios que paseaban desde su cabeza hasta lo más profundo de su corazón no la dejaban hablar. Más lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Su mano izquierda apretaba un anillo contra su pecho, mientras que la derecha se sujetaba al marco de la ventana desde la que observaba la luna.
Una sola pregunta se materializó en su mente: “¿Por qué?”. Era para ello para lo que necesitaba una respuesta. No conseguía entender lo que había pasado. Tenía que haber algo más, una explicación que ella pudiera comprender. Pero no la tenía. La solución se le escapaba de las manos como si fuera humo. Se aferró con más fuerza al marco de la ventana, con tanta que parecía que quisiera arrancarlo.
Entonces llamaron a la puerta de su habitación. Ella no dijo nada, solamente siguió mirando por la luna. Pudo escuchar la puerta abriéndose a sus espaldas, así como unos sigilosos pasos que se acercaban a ella. Pero no se volvió. No quería ver a nadie, aunque podía imaginar de quien se trataba. Una mano se poso sobre su hombro, intentando que ella se girara. Pero ella no hizo nada. Sintió como unos brazos fuertes y cariñosos le rodeaban la cintura. También como el cuerpo de él estaba pegado al suyo. Su cálido aliento sobre la nuca.
- Te quiero, - le susurró el al oído, - y lo siento mucho. Todo irá bien, te lo prometo, - concluyó, y sus brazos la aferraron con más fuerza.
Él escondió su cara en el hombro de ella. Ella no le dijo nada, pero no se zafó de su abrazo. Dejó que él permaneciera allí, junto a ella, durante unos minutos que parecieron una eternidad. Después se volvió y ambos se miraron a los ojos.
- Te quiero, - repitió él, - dame una oportunidad, perdóname por favor.
La cara de ella estaba llena de lágrimas. Pero miraba sus ojos y veía amor, así como que sus disculpas eran sinceras. Ella lo amaba con toda su alma, pero sabía que sería difícil. Aunque realmente seguía confusa, en aquel momento solo sabía que lo quería, que quería estar con él, sentir el calor de su cuerpo junto a ella y que todo volviera a ser como debía ser, perfecto.
- Yo también te quiero, - dijo ella mirándole a los ojos y agarrando su mano derecha.
El joven la abrazó fuertemente y ella lloró en su hombro sin poder contenerse. Él se resistía a soltarla, temía que se escapara y todo hubiera sido producto de su imaginación. Cuando finalmente lo hizo, le agarró el rostro con las manos y dirigió la mirada de ella hacia la suya. Entonces la besó, pero no un beso cualquiera. Un beso como si fuera la primera vez, como si acabaran de conocerse.
Y sobraron las palabras. La llevó hacia la cama y la sentó en ella. Y la volvió a besar una y otra vez. Sus manos le quitaron suavemente la camiseta y ella hizo lo propio con la del chico. Él la besó en los hombros y fue bajando hasta llegar a su ombligo. Y así estuvieron amándose durante horas y haciendo que todo fuera perfecto, como nunca debió dejar de ser.